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Una crónica de arena

C-17 VS Pinocchio ,wooden Warrior

El almacén abandonado se extendía como una caja torácica de acero y hormigón, atravesada por vigas que goteaban óxido sobre el suelo encharcado. C-17 entró por el portón sur con…

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C-17, a character in C-17 VS Pinocchio ,wooden WarriorPinocchio ,wooden Warrior, a character in C-17 VS Pinocchio ,wooden Warrior

Personajes del relato

C-17Ver la saga del personajePinocchio ,wooden Warrior
La historia

El almacén abandonado se extendía como una caja torácica de acero y hormigón, atravesada por vigas que goteaban óxido sobre el suelo encharcado. C-17 entró por el portón sur con las manos en los bolsillos del pantalón azul roto, el pañuelo rojo inmóvil pese al viento que se colaba por las grietas. Su respiración no existía; su mirada, en cambio, escaneaba cada sombra con la frialdad de un sistema que no conoce el miedo. Al fondo, entre columnas que se perdían en la penumbra, algo se movió con un chasquido seco de madera contra madera.

Pinocchio ,wooden Warrior emergió de detrás de un montacargas volcado. La luz gris de las claraboyas resbaló sobre su superficie de pino claro, sobre el sombrero de corcho con la cinta deshilachada, sobre el cuello de pliegues blancos que enmarcaba su rostro inmutable. En la mano derecha sostenía el estoque fino; en la izquierda, cerrada sobre la cadera, descansaba la daga corta. Sus ojos negros, redondos y sin fondo, se fijaron en el androide sin parpadear.

—He cruzado demasiadas puertas para que otra me cierre el paso —dijo el muñeco, y su voz sonó como una caja de música desafinada, pero firme—. No pienso ser el juguete de nadie más.

C-17 no respondió. Sus dedos salieron de los bolsillos.

La primera ráfaga de energía compacta partió del puño del androide sin preaviso, un proyectil violeta que atravesó el aire y golpeó el montacargas. El metal se combó y el vehículo se desplomó hacia un lado, obligando a Pinocchio a saltar. Sus articulaciones esféricas chasquearon al impulsarlo; aterrizó sobre una viga inclinada y desde allí se lanzó en un arco tenso, el estoque por delante. C-17 levantó un antebrazo y una barrera hexagonal de luz ambarina detuvo la punta a un palmo de su cuello. Chispas de acero y energía llovieron sobre el agua estancada.

—Tu reacción es rápida —observó el androide con voz neutra—. Pero tu masa es pequeña.

Disparó a quemarropa contra la viga que sostenía al muñeco. La estructura cedió con un crujido y Pinocchio cayó, pero no al suelo: sus piernas de madera se engancharon en una cadena colgante y usó el impulso para balancearse y volver a saltar, esta vez hacia un pasillo lateral, desapareciendo entre las sombras. C-17 lo siguió con la mirada. Su sistema calculó trayectorias, pero el pasillo era un laberinto de estanterías derruidas y contenedores apilados. Información incompleta. El androide avanzó con paso metódico, las palmas abiertas y luminosas, listo para disparar al primer movimiento.

El movimiento llegó desde arriba.

Pinocchio se dejó caer desde una cornisa con el estoque extendido, y C-17 giró justo a tiempo para desviar la hoja con el dorso de la mano, pero el muñeco ya había cambiado de dirección en pleno aire. Su cuerpo de madera se dobló en ángulos imposibles, las articulaciones girando sobre sí mismas, y la daga corta trazó una línea ascendente que raspó el hombro del androide. No penetró, pero C-17 notó el impacto: una grieta fina en la placa sintética bajo la manga blanca.

—Aprendes —dijo C-17.

—Tú también pesas más de lo que aparentas —respondió el muñeco, y en su tono había algo parecido a una sonrisa.

El androide respondió con una andanada de ráfagas que barrieron el pasillo. Pinocchio no huyó: giró sobre el pie de madera, usando el aire desplazado por cada disparo como resistencia para impulsarse en zigzag. Sus reflejos no eran humanos; eran los de un cuerpo construido para responder, articulación por articulación. Una ráfaga le arrancó el borde del sombrero de corcho. Otra le astilló el brazo izquierdo, pero él ya estaba en el aire, y el estoque encontró su marca en el pecho de C-17.

La hoja se hundió un centímetro en la aleación. C-17 retrocedió un paso, y por primera vez desde que había entrado al almacén, su postura dejó de ser relajada. Miró la hoja, luego al muñeco, y comprendió algo: Pinocchio no estaba tratando de agotarlo. Estaba buscando un ritmo. Una pausa. Un microsegundo de debilidad en la guardia.

Y C-17, cuyo reservorio de energía era ilimitado, cuya resistencia no conocía la fatiga, decidió darle exactamente eso.

Bajó las manos. Dejó que la barrera se desvaneciera. Durante un instante, su pecho quedó abierto.

Pinocchio leyó la apertura como una oportunidad, y su cuerpo entero se tensó para el golpe definitivo. El estoque se alzó. El tiempo pareció espesarse alrededor de la hoja, como si el propio espacio se curvara para acompañar el movimiento: era el Лезо Безпомилкового Моменту, el filo del instante infalible, el golpe que cortaba no el aire sino la milésima de segundo en que el enemigo existía sin defensa.

Pero C-17 no era un enemigo indefenso. Era un señuelo.

Cuando la hoja descendió, el androide ya había disparado a bocajarro contra las dos columnas que flanqueaban a Pinocchio. La energía compacta reventó los soportes, y el techo del pasillo —vigas, cables, chatarra— se derrumbó sobre el muñeco. Pinocchio intentó saltar, pero el espacio que había curvado para su golpe se curvó ahora contra él: una viga le atrapó la pierna de madera, y el impacto lo estrelló contra el suelo encharcado. El estoque voló de su mano y se clavó en un contenedor, vibrando.

C-17 se acercó sin prisa, los pies chapoteando en el agua negra. Pinocchio forcejeó, las articulaciones crujiendo, pero la viga pesaba más que su cuerpo de pino. El androide se agachó hasta quedar a su altura y lo observó con aquellos ojos sin emoción.

—No fuiste un juguete —dijo C-17—. Fuiste un buen espadachín. Pero un espadachín necesita un blanco que pueda sangrar. Yo no puedo.

El muñeco alzó la cabeza, la madera del cuello astillada, y por un momento su mirada negra sostuvo la del androide. No había miedo en ella, solo el reconocimiento de un combate perdido.

—Entonces... ¿para qué luchas? —preguntó Pinocchio.

—Para saber dónde termina mi resistencia —respondió C-17, y alzó la palma.

La ráfaga final fue breve, limpia, precisa. Golpeó el centro del pecho de madera, donde el barniz ya estaba agrietado por la caída. La estructura cedió con un crujido largo, y Pinocchio ,wooden Warrior quedó inmóvil sobre el suelo del almacén, el sombrero de corcho a un lado, la daga aún colgada inútilmente de su cadera.

C-17 se incorporó, guardó las manos en los bolsillos y miró el techo derrumbado, las columnas partidas, el agua que reflejaba la luz ambarina de sus palmas apagándose. Su hombro seguía marcado por la daga, y el pecho, por el estoque. Daños menores. Registró el resultado, giró sobre sus talones y caminó hacia el portón sur, dejando atrás al muñeco vencido entre los escombros de un almacén que ya no sostenía nada.

El final registrado

Este encuentro terminó con C-17 aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

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