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Una crónica de arena

C-17 VS Austin

El aire olía a ozono y a hierro. C-17 lo detectó antes de ver nada: una presión estática que erizaba la tela blanca de su manga larga y hacía vibrar el pañuelo rojo anudado al…

5 min de lecturaPublicado
C-17, a character in C-17 VS AustinAustin, a character in C-17 VS Austin

Personajes del relato

C-17Ver la saga del personajeAustin
La historia

El aire olía a ozono y a hierro. C-17 lo detectó antes de ver nada: una presión estática que erizaba la tela blanca de su manga larga y hacía vibrar el pañuelo rojo anudado al cuello. Frente a él, a unos treinta metros sobre el pavimento agrietado, Austin flotaba con una serenidad que no era humana. La luz del enorme círculo mágico dorado se desplegaba a su espalda como un vitral giratorio, y las partículas elementales —rojas, blancas, azules, doradas, verdes— orbitaban su cuerpo en órbitas lentas, pacientes, como animales domesticados esperando una orden.

C-17 no sabía qué era Austin. La información era incompleta: solo ese destello de cristal en la mano derecha y la certeza de que el heterocromía de sus ojos —oro y violeta— lo observaba sin parpadear. Demasiadas variables. El androide metió las manos en los bolsillos con una calma calculada y dejó que su sistema clasificara lo observable. Lo que no encajaba: la ausencia de tensión en los hombros de Austin, la flotación sin esfuerzo, la manera en que el viento parecía doblarse alrededor de él en lugar de atravesarlo.

—No necesitas medirme —dijo Austin. Su voz llegó baja, magnética, sin prisa, como si hablara desde el fondo de una catedral. Las partículas giraron más rápido—. Ya estás dentro del círculo.

C-17 miró el suelo. Bajo sus botas azules, líneas doradas se encendían en secuencia, cerrando un anillo que no había estado ahí dos segundos antes. El androide no se movió. Su reserva energética ilimitada zumbaba en el pecho, contenida, esperando.

Entonces Austin abrió la mano. La primera ráfaga no fue un ataque, fue un muro: una pared de fuego blanco que avanzó hacia C-17 a lo largo del pavimento, levantando asfalto fundido en su paso. C-17 saltó hacia arriba, ganó altura con una propulsión limpia desde las plantas, y respondió con una ráfaga de energía compacta apuntada no a Austin, sino a una columna de hormigón que sostenía una marquesina derruida a su izquierda.

La columna reventó. La marquesina cayó en diagonal, y por un instante Austin tuvo que corregir su flotación para no quedar bajo los escombros. Ese instante era todo lo que C-17 necesitaba, y lo aprovechó: cruzó el hueco con una velocidad aeróbica brutal, el puño envuelto en energía concentrada, buscando el torso inmóvil del mago.

No llegó.

Un anillo de viento lo frenó en seco a medio metro del pecho de Austin. Las partículas azules y blancas se cerraron sobre su brazo, y luego las verdes lo siguieron, enredándose como lianas invisibles. Austin lo miró de arriba abajo, con una curiosidad fría.

—Eres rápido. Pero golpeas donde te dejo golpear.

C-17 no discutió. Se dejó caer, escurriéndose entre las lianas, y al tocar el suelo disparó tres ráfagas en abanico contra los soportes que aún quedaban en pie. Geometría. El campo de batalla era un techo a punto de colapsar, y él iba a usar cada viga como un interruptor. Austin extendió la mano y las partículas doradas se elevaron para sostener las estructuras, conteniendo el derrumbe. Fue un error, o C-17 lo habría sido en cualquier otro: el mago gastó atención en la arquitectura, y en ese desplazamiento de foco, una ráfaga atravesó su hombro izquierdo.

Austin no gritó. Se tambaleó apenas, la tela violeta del abrigo chamuscada, y su mirada cambió. La serenidad se volvió algo más antiguo.

—Bien —murmuró—. Dejaré el techo para después.

Y abandonó su oportunidad: en lugar de aplastar a C-17 con los escombros que ya tenía en el aire, Austin dejó caer todo el peso y concentró sus elementos en un solo punto frente a su cristal. El círculo dorado giró hasta quedar vertical, y de su centro emergió una lanza de luz compuesta —fuego, hielo, tierra, rayo— que apuntaba directamente al androide. Era un intercambio de tiempo por poder. C-17 lo entendió al instante: si esperaba, la lanza lo borraba; si atacaba, entraba en la trayectoria.

C-17 eligió la tercera opción. Levantó ambas manos y proyectó una barrera energética curva, no para bloquear, sino para desviar. La lanza impactó de lleno, y la barrera la inclinó treinta grados, enviándola contra el propio círculo mágico. La detonación fue total: una cúpula de luz blanca y dorada que tragó el centro del campo, sacudió los cimientos y lanzó a Austin hacia atrás, su abrigo ardiendo en los bordes, su cristal agrietado por primera vez.

C-17 emergió del humo con la manga blanca en jirones, los calcetines verdes manchados de hollín, y la mirada neutra, metódica, intacta. Austin se incorporó a duras penas, apoyado en una rodilla, y alzó el cristal astillado. Las partículas volvieron a él, pero más lentas, más débiles, como si el círculo roto hubiera cortado el hilo que las unía.

—Puedo seguir —dijo Austin, y era cierto: quedaba poder en él. Pero C-17 ya estaba encima, sin vuelo, sin energía visible, solo con la velocidad de un cuerpo diseñado para no cansarse nunca. Le tomó la muñeca derecha, giró el cristal agrietado y lo arrancó de la mano del mago con un movimiento seco. El cristal cayó, y con él, las órbitas de elementos se deshicieron en polvo de colores que el viento se llevó.

Austin miró su mano vacía. Por primera vez, el control se le había escapado, y no parecía haber forma de recuperarlo.

—No necesitas seguir —respondió C-17, con la misma voz plana con la que había empezado. Soltó la muñeca de Austin y retrocedió un paso, dejando claro que la pelea había terminado. El mago permaneció de rodillas entre los escombros, respirando, vencido pero vivo, mientras el círculo dorado se apagaba línea por línea hasta quedar solo el pavimento roto y el olor a ozono disipándose.

C-17 se guardó las manos en los bolsillos, ajustó el pañuelo rojo con el hombro y caminó hacia el borde de la plaza. Su sistema registró la victoria sin celebrarla. La información que faltaba al principio ya no importaba: había bastado con observar, adaptar y golpear exactamente donde Austin se lo permitía menos.

El final registrado

Este encuentro terminó con C-17 aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

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