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Una crónica de arena

C-17 VS Sakura

El Jardín Botánico de Kioto llevaba tres días cerrado por una anomalía que nadie sabía explicar. Los sensores de C-17 la detectaron desde el otro lado del Pacífico: una firma…

6 min de lecturaPublicado
C-17, a character in C-17 VS SakuraSakura, a character in C-17 VS Sakura

Personajes del relato

C-17Ver la saga del personajeSakura
La historia

El Jardín Botánico de Kioto llevaba tres días cerrado por una anomalía que nadie sabía explicar. Los sensores de C-17 la detectaron desde el otro lado del Pacífico: una firma energética antigua, estable, imposible de clasificar, anclada en el centro de un estanque seco bajo un torii de piedra cubierto de musgo. La orden era simple: identificar y, si era necesario, neutralizar. C-17 aterrizó sobre la gravilla del sendero con las manos en los bolsillos, la camiseta negra con la 'R' roja apenas movida por el viento, y caminó sin prisa hacia el origen de la señal.

No estaba solo.

Bajo el torii, de pie sobre las tablas de un puente de madera que ya nadie recordaba, una mujer de kimono rosa y blanco sostenía una rama de sakura en flor. El libro encuadernado en hilo que llevaba en la otra mano estaba abierto, y las páginas —C-17 lo registró con la frialdad de un procesador— no contenían texto, sino la misma firma energética que lo había traído hasta allí. Los pétalos caían a su alrededor en una espiral lenta que ignoraba la dirección del viento.

—Has venido por lo mismo que yo —dijo Sakura. Su voz era suave, medida, con un deje ascendente al final que no sonaba a amenaza. Sonaba a advertencia. —El jardín guarda un nudo. Algo que no debería estar aquí. Llevo tres días intentando deshacerlo sin romperlo.

—Mi directiva es más simple —respondió C-17, sin sacar las manos de los bolsillos—. Si no se puede deshacer, se rompe.

Sakura cerró el libro con un golpe seco y levantó la rama de sakura como quien alza un pincel. Los pétalos que flotaban a su alrededor dejaron de caer. Quedaron suspendidos en el aire, cientos de pequeñas cuchillas rosadas, y C-17 comprendió que la mujer de kimono no era un obstáculo pasivo. Era el guardián del nudo. Y el nudo era, en algún sentido que su lógica no alcanzaba a cuantificar, parte de ella.

El primer movimiento fue de Sakura. No hubo grito, ni carrera, ni gesto violento. Solo un giro lento de la muñeca, y la espiral de pétalos se cerró sobre C-17 como una red de luz y perfume. El androide se elevó un metro del suelo con un impulso seco de sus botas deportivas, y la red se cerró sobre el vacío. Los pétalos cortaron las tablas del puente donde había estado, seccionándolas con la limpieza de un sable.

C-17 ya había evaluado la geometría del campo. El torii de piedra. Las vigas del pabellón de té a su izquierda. Los soportes de madera del puente, ahora reducidos a astillas. Todo era utilizable.

Lanzó la primera ráfaga de energía compacta —un pulso blanco-azulado del tamaño de un puño— contra la base del torii. La piedra no se rompió; vibró. La vibración recorrió el suelo, subió por las tablas restantes del puente y desequilibró a Sakura un instante, lo justo para que su siguiente espiral de pétalos perdiera el centro. C-17 atravesó el hueco a velocidad aeróbica máxima, directo hacia ella.

Pero Sakura no era lenta. Era paciente.

La rama de sakura giró en el aire, y los pétalos que fallaron el primer ataque no cayeron: se reagruparon detrás de ella, formando una pared pulsante de luz rosada entre su cuerpo y el androide. C-17 impactó contra la pared con un golpe que habría derribado un muro de hormigón. La pared cedió, pero lo frenó. Suficiente para que Sakura abriera el libro en una página nueva y de ella manara una niebla tenue, cargada de la misma energía del nudo, que se enroscó alrededor de las piernas de C-17 como raíces.

—No quiero esto —dijo Sakura, y por primera vez su voz tembló—. El nudo se alimenta del conflicto. Cada golpe tuyo lo hace más fuerte.

—Entonces deja de defenderlo.

—No puedo. Yo soy el nudo.

C-17 procesó la información en una fracción de segundo. La firma energética no estaba anclada en el jardín. Estaba anclada en ella. Sakura no era la guardiana del nudo: era su recipiente, su forma visible, el rostro que el nudo había tomado para sobrevivir. Y cada intercambio de golpes lo alimentaba, lo estabilizaba, lo hacía permanente.

Las raíces de niebla se apretaron. C-17 calculó. Si seguía atacando, ganaría la batalla y perdería la guerra: el nudo se consolidaría, el jardín quedaría sellado para siempre, y su directiva —neutralizar la anomalía— fracasaría en el único sentido que importaba. Si se retiraba, lo mismo.

Había una tercera opción. Y C-17, que no sentía miedo, sintió algo parecido a la certeza.

Dejó de resistirse. Las raíces lo arrastraron hacia el centro del estanque seco, hacia el torii, hacia Sakura. Ella levantó la rama para el golpe final, los pétalos convergiendo en una punta afilada, y C-17 hizo lo único que el nudo no podía prever: en lugar de esquivar, canalizó toda su reserva energética —ilimitada, inagotable, sin piedad— en un solo punto, no contra Sakura, sino contra el suelo bajo sus pies.

La ráfaga partió la losa del estanque y desestabilizó el torii. La piedra milenaria cayó hacia dentro, y con ella cayó la espiral de pétalos, y con ella cayó Sakura, que soltó la rama y el libro al mismo tiempo. El nudo, privado de su anclaje físico, se deshizo en un estallido de luz rosada que iluminó el jardín entero durante un segundo eterno. Los pétalos cayeron por fin, esta vez de verdad, y aterrizaron sobre el agua que empezó a brotar de la tierra rota.

Sakura quedó de rodillas sobre el barro, el kimono empapado, el cabello suelto. El libro yacía abierto a su lado, sus páginas en blanco por primera vez en tres días. C-17 aterrizó frente a ella, las manos de nuevo en los bolsillos, la camiseta manchada de polvo de piedra.

—El nudo se ha roto —dijo, con su tono neutro de siempre—. La anomalía está neutralizada. Ya no eres su recipiente.

Sakura alzó la vista. No había rencor en sus ojos, solo el cansancio de quien ha sostenido algo demasiado pesado durante demasiado tiempo.

—Lo sé —susurró—. Gracias.

C-17 no respondió. Ya estaba calculando la ruta de extracción, el informe que enviaría, la siguiente anomalía que lo esperaría en algún otro rincón del mundo. Pero antes de elevarse, miró una vez más el estanque que volvía a llenarse, los pétalos flotando sobre el agua nueva, y registró el dato con la misma frialdad con la que registraba todo: el nudo no se rompió por la fuerza. Se rompió porque alguien eligió el suelo en lugar del enemigo.

Sakura se quedó en el jardín, recogiendo su libro vacío. C-17 se elevó sobre los cerezos y desapareció hacia el este, y el Jardín Botánico de Kioto amaneció, por primera vez en tres días, en silencio.

El final registrado

Este encuentro terminó con C-17 aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

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