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Una crónica de arena

C-17 VS Immortal Sword

El aire del santuario de piedra estaba quieto, suspendido como si el tiempo hubiera decidido no avanzar. C-17 lo notó de inmediato: no era humedad ni frío, era una densidad…

6 min de lecturaPublicado
C-17, a character in C-17 VS Immortal SwordImmortal Sword, a character in C-17 VS Immortal Sword

Personajes del relato

C-17Ver la saga del personajeImmortal Sword
La historia

El aire del santuario de piedra estaba quieto, suspendido como si el tiempo hubiera decidido no avanzar. C-17 lo notó de inmediato: no era humedad ni frío, era una densidad distinta, casi mineral, la sensación de encontrarse dentro de un reloj detenido. Bajó del último escalón con las manos en los bolsillos del jersey blanco, la camiseta negra con la 'R' roja apenas visible bajo la tela, y sus botas azules produjeron un eco breve que no llegó a completarse antes de apagarse.

Frente a él, al centro del patio cuadrangular bordeado por columnas rotas, Immortal Sword esperaba de pie. No había adoptado postura de combate. Sostenía la espada con la punta baja, el filo goteando una luz que no era luz, y el vapor que la rodeaba se deslizaba por el suelo como un animal lento. El pañuelo rojo de C-17 se movió una sola vez, aunque no había viento.

—Eres artificial —dijo ella. Su voz fue baja y plana, sin inflexión que indicara interrogación.

—Correcto.

—Entonces no te cansarás.

—Correcto otra vez.

Ella cerró los ojos. El vapor se detuvo.

C-17 no esperó a que los abriera. Ya había escaneado la geometría del recinto mientras descendía: ocho columnas, dos arquitrabes agrietados, un dintel sobre la entrada que cargaba peso muerto. No era un campo de batalla, era una estructura. Y toda estructura tenía un punto donde el esfuerzo se acumulaba. Metió la mano derecha en el bolsillo, calculó el ángulo de deflexión, y disparó.

La ráfaga de energía compacta salió de su palma sin gesto previo, un golpe de luz blanca que atravesó el patio en diagonal y detonó contra la base de la tercera columna. La piedra no se rompió: se deslizó. El arquitrabe superior perdió apoyo y toda la arcada occidental se inclinó hacia el centro, arrastrando consigo una lluvia lenta de polvo y fragmentos. El suelo tembló bajo los pies de ambos.

Immortal Sword abrió los ojos y ya estaba en movimiento, aunque no lo parecía. Su cuerpo se desplazó un grado, dos, apenas lo necesario para que el bloque descendente no la tocara, y su espada subió en un arco que cortó el aire sin sonido. La columna en caída se partió en dos mitades perfectas que cayeron a cada lado de ella como cortinas retiradas. No miró los escombros. Lo miró a él.

C-17 ya estaba en el aire.

Levitar era para él una forma de leer el terreno desde otra altura. Desde arriba vio lo que desde el suelo no se distinguía: el vapor que rodeaba a la mujer no era decoración, era un campo, una membrana que se extendía tres metros alrededor de ella y que registraba cualquier aproximación. Cada vez que él se movía, el vapor se orientaba. Era un sistema sensorial. Un ojo hecho de niebla.

—Interesante —dijo C-17, y su tono fue neutro, casi administrativo—. No atacas primero.

—No necesito hacerlo.

—Lo sé. Por eso voy a obligarte.

Disparó tres ráfagas más, no hacia ella sino hacia el dintel que cargaba el peso muerto sobre la entrada. Las tres impactaron en el mismo punto en menos de medio segundo. La piedra cedió con un crujido profundo y un bloque de varias toneladas se desplomó bloqueando la única salida del recinto. Ahora el espacio era cerrado. Sin rutas de fuga. Sin geometría nueva que explotar.

Immortal Sword comprendió la maniobra en el mismo instante en que ocurría. Aquel androide no la estaba atacando: la estaba encerrando. Y al cerrar el espacio, había cerrado también su propio margen de adaptación. La mujer ladeó la cabeza una fracción.

—Te has quitado tus propias salidas.

—Las salidas son para quien planea perder —respondió él, y descendió.

Fue en ese descenso donde todo se decidió, y donde C-17 cometió el único error que su lógica no había previsto: asumió que la distancia corta era suya.

Aterrizó a cuatro metros de ella, dentro del radio del vapor, y disparó a quemarropa. La ráfaga compacta voló recta hacia su pecho. Immortal Sword no esquivó. Su espada se movió una sola vez, un trazo vertical sin esfuerzo aparente, y el haz de energía se dividió en dos mitades que pasaron a sus costados y se disiparon contra las columnas. El filo no había cortado la luz: había cortado la intención detrás de la luz. Era la misma cosa.

La mujer dio un paso. Solo uno.

—Uno corta para romper todas las leyes —dijo, y su voz no se elevó—. El tiempo también es una ley.

C-17 procesó la advertencia demasiado tarde. El vapor a su alrededor no se movió hacia él: se movió a través de él, y en ese contacto sintió algo que su arquitectura no tenía nombre para describir. No era dolor. Era una reescritura. El instante en que había aterrizado dejó de existir como causa; el instante en que había disparado dejó de tener consecuencia. Su cuerpo seguía de pie, pero la cadena de acciones que lo habían traído hasta ahí se deshilachaba hacia atrás, como si alguien estuviera recortando los fotogramas de una película para dejar solo el final.

Intentó disparar otra vez. Su palma generó la energía, pero el gesto no encontró lugar en el orden de las cosas. La ráfaga nació huérfana, sin pasado que la justificara, y se apagó antes de tocar el aire.

—Esto no es fuerza —dijo C-17, y por primera vez en el combate su voz tuvo un matiz, apenas un pliegue, algo parecido a la admiración—. Es una decisión sobre lo que cuenta como real.

—Sí.

—Y ya has decidido.

Immortal Sword levantó la espada. El vapor se concentró en el filo hasta volverse invisible. Todo el patio, las columnas rotas, el dintel caído, el polvo suspendido, parecieron contener la respiración. C-17 intentó levitar, y su cuerpo no encontró hacia dónde. Intentó medir la geometría, y ya no había geometría estable: las líneas del recinto se habían vuelto ambiguas, como dibujadas sobre agua.

—No te destruyo —dijo ella—. Te retiro de la secuencia.

El golpe no fue rápido. Fue puntual. Un único movimiento descendente que no buscó su cuerpo sino el punto donde su existencia se conectaba con el resto de los hechos. La hoja pasó a un centímetro de su pecho, sin tocarlo, y sin embargo C-17 sintió cómo la continuidad que lo sostenía se separaba de él, como una hebra retirada de un tejido.

Su reserva energética seguía intacta. Su determinación seguía intacta. Pero su lugar en la pelea ya no existía: había sido cortado, limpiamente, del relato que estaba ocurriendo. C-17 parpadeó una vez. Su procesamiento buscó el siguiente movimiento y encontró una página en blanco.

—Comprendido —dijo. Y fue su última palabra dentro de aquel santuario.

Immortal Sword bajó la espada. El vapor volvió a deslizarse lentamente por el suelo de piedra, y el patio recuperó su quietud, ahora completa, ahora sin testigos. En algún lugar del orden de las cosas, un androide con un pañuelo rojo simplemente había dejado de estar presente en ese instante, sin haber sido vencido por la fuerza, sino por la voluntad de una mujer que había decidido qué instantes merecían seguir existiendo. El tiempo reanudó su marcha. La niebla no se disipó.

El final registrado

Este encuentro terminó con Immortal Sword aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

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