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Una crónica de arena

Riddick VS Bitcoin Agent Satogami

La sala de servidores zumbaba con un calor seco, y Riddick ya estaba dentro antes de que nadie supiera que había entrado. Se movía entre los bastidores metálicos como si fueran…

5 min de lecturaPublicado
Riddick, a character in Riddick VS Bitcoin Agent SatogamiBitcoin Agent Satogami, a character in Riddick VS Bitcoin Agent Satogami

Personajes del relato

RiddickVer la saga del personajeBitcoin Agent SatogamiVer la saga del personaje
La historia

La sala de servidores zumbaba con un calor seco, y Riddick ya estaba dentro antes de que nadie supiera que había entrado. Se movía entre los bastidores metálicos como si fueran sombras, el cuchillo curvo pegado al antebrazo, la respiración medida. Sobre su hombro, el manto blanco rasgado colgaba inmóvil; a sus pies, el perro moteado avanzaba con las orejas erguidas y un brillo azulado ardiendo en los ojos, rastreando el aire cargado de ozono.

«Tranquilo», murmuró Riddick, con voz baja y seca. No había nadie que lo escuchara, salvo la bestia. Eso estaba bien.

En el centro de la cámara, entre dos hileras de torres de cómputo, había un pedestal de luz. Y sobre ese pedestal, una figura menuda de coletas castañas y ojos azules brillantes sostenía una moneda de Bitcoin física, girándola entre los dedos descalzos como un talismán. Bitcoin Agent Satogami no se había dado cuenta de él todavía. Su atención estaba puesta en el flujo de datos que corría por las pantallas: bots maliciosos enviando pulsos corruptos, integridad de red a punto de ceder.

Riddick midió el espacio. Ochenta metros de pasillo, tres columnas de servidores, un único punto de luz. Tenía la ventaja, y la ventaja era todo. Un acechador no corre hacia el ruido.

Entonces la chica habló, sin volverse.

—Te siento. —Su voz era joven, pero firme, con el asombro de quien construye algo nuevo.— Estás en mi red ahora. Y aquí las reglas las escribo yo.

Saltó. Sin tocar el suelo, Satogami giró en el aire con la moneda extendida y un impulso dorado estalló desde ella, una onda sonora que vibró en los paneles, en los cables, en los dientes de Riddick. Las torres de servidores traquetearon, tornillos aflojándose, luces parpadeando. El perro gruñó y retrocedió un paso, sacudiendo la cabeza.

Riddick no retrocedió. Se dejó caer de rodillas detrás de una columna y esperó. El impulso dorado pasó de largo, dispersándose entre los bastidores. La chica aterrizó ligera, descalza, y ya estaba girando para lanzar otro pulso.

Era rápida. Demasiado rápida para perseguirla en campo abierto.

Riddick eligió otra cosa. Renunció al ataque inmediato —el filo de su cuchillo había quedado a un palmo de su nuca, pero retrocedió en silencio, arrastrándose hacia la oscuridad del lateral, donde las luces de emergencia apenas dibujaban el metal. El perro lo siguió, pegado a su flanco, conteniendo el jadeo.

—¿Te escondes? —canturreó Satogami, y su moneda emitió un segundo pulso, más amplio, barriendo la sala como un faro.— ¡No puedes esconderte de la blockchain! ¡Todo queda registrado!

El pulso reventó dos paneles y un chorro de chispas cayó al suelo. Riddick observó cómo la luz dorada se reflejaba en las superficies y entendió el patrón. Cada impulso partía de la moneda, y la moneda necesitaba que ella estuviera en movimiento, en el aire, girando. En el suelo, estática, no tenía la misma potencia.

Esperar. Esa era la jugada. Esperar a que el brillo la cegara a ella también.

Satogami aterrizó, jadeando apenas, y miró a su alrededor con las cejas fruncidas. La sala entera vibraba en un tono bajo. Los bots maliciosos seguían entrando por los puertos abiertos, y ella tenía que dividir su atención. Un tercer pulso, esta vez hacia la izquierda, y luego se giró hacia la derecha.

Ahí estaba Riddick. A tres metros. Pegado al borde de una columna, con el cuchillo ya en posición baja.

—Ahí estás —dijo ella, y sonrió.

La moneda subió. El impulso se cargó. Pero Riddick ya estaba en movimiento, no hacia ella, sino en diagonal, hacia las rodillas de una torre de servidores. No era un ataque contra la chica. Era un cálculo.

Cálculo de la Junta Exponen. El metal cedía donde menos se esperaba. Una patada seca en la junta inferior de la torre, y la estructura entera se inclinó, chirriando, y cayó de lado justo cuando el impulso dorado salía de la moneda. La onda golpeó el bastidor en movimiento, se reflejó, se fragmentó, y Satogami recibió el rebote de su propia vibración en el pecho.

—¡Ah! —La chica trastabilló en el aire, perdió el giro, y su aterrizaje fue torpe. La moneda rodó de su mano y chocó contra el suelo, girando sobre su canto.

El perro saltó.

No fue un ataque salvaje. Fue una emboscada coordinada, tal como Riddick lo había planeado. El animal cruzó el pasillo en dos zancadas, no para morder, sino para bloquear la trayectoria de la moneda, empujándola con el hocico hacia la oscuridad, lejos de los dedos de Satogami. La chica se lanzó a recuperarla, pero Riddick ya estaba allí, entre ella y su talismán, el cuchillo curvo describiendo un arco bajo que no buscaba sangre, sino distancia.

—No —dijo Riddick, con la voz más plana que nunca.— Sin la moneda, no puedes hacer eso.

Satogami retrocedió. Buscó con la mirada su Bitcoin, pero el perro ya lo había arrastrado bajo un bastidor caído, fuera de alcance. Y sin su conductor, sin su impulso, sin el giro que daba forma al sonido, la chica era solo una niña descalza en una sala que vibraba con el eco de su propia derrota.

—La red... —murmuró ella, mirando las pantallas. Los bots seguían entrando. Había fallado en su misión.

Riddick no dijo nada. Se acercó, la tomó del brazo con firmeza pero sin brutalidad, y la apartó del pedestal de luz. El perro emergió de las sombras con la moneda entre los dientes, la dejó caer a un lado, y se sentó, jadeando, con los ojos azulados fijos en la chica.

La sala quedó en silencio, salvo por el zumbido de los servidores y el eco lejano de los pulsos dorados que ya no tenían dueño. Riddick miró la moneda, luego a Satogami, luego al corredor oscuro por el que había entrado. La ventaja había sido suya porque había esperado. Porque había renunciado al golpe fácil para tomar el definitivo. Porque en la oscuridad, el que se mueve primero no siempre gana; gana el que sabe cuándo moverse.

—Tu ciudadela tendrá que esperar —dijo, y se giró hacia la salida, con el perro a su lado.

El final registrado

Este encuentro terminó con Riddick aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

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