Una crónica de arena
Riddick VS Jack, USA Army secret mutant regiment
La primera bala atravesó el silencio antes que cualquier advertencia, y Riddick ya estaba en movimiento. No la oyó: la sintió, ese desplazamiento de aire que su instinto reconocía…


Personajes del relato
La primera bala atravesó el silencio antes que cualquier advertencia, y Riddick ya estaba en movimiento. No la oyó: la sintió, ese desplazamiento de aire que su instinto reconocía mejor que cualquier sensor. Rodó sobre el hombro, el manto blanco y rasgado ondeando como un sudario, y buscó la oscuridad del pasillo abandonado. Allí donde la luz moría, él vivía.
El perro, moteado en marrón y negro, orejas puntiagudas y ojos de un azul intenso como brasas hundidas, se pegó a su flanco sin un solo sonido. Ambos respiraban el mismo aire rancio de hormigón y óxido, y ambos comprendían lo que se avecinaba.
Al fondo, recortado contra una claraboya lunar, avanzó Jack. Un ratón antropomorfo de uniforme de camuflaje, la cinta 'USAH' sobre el pecho y la bandera estadounidense en el hombro, el hocico rosado y las manos mutadas aferradas a un fusil de asalto. Su paso era el de un soldado: medido, disciplinado, sin un ápice de duda. Detrás de esos ojos oscuros había algo más que instinto animal; había convicción. Un desertor de laboratorio que ahora cazaba a los que traficaban con la mutación, y que había marcado a Riddick como amenaza.
—Alto —dijo Jack, con una voz grave y metálica que no pedía, ordenaba—. Deponga el arma.
Riddick no respondió. Nunca lo hacía. Su cuchillo curvo ya estaba en la mano, y su mente había calculado diecisiete salidas posibles de aquel pasillo en el tiempo que el otro tardó en hablar.
Jack abrió fuego.
Las balas mordieron el hormigón donde Riddick había estado un instante antes. El cazador se deslizó tras una columna, y el perro, en perfecta sincronía, desapareció en las sombras laterales, un depredador de cuatro patas que se disolvía en la negrura como tinta en agua. Jack corrigió su puntería con una calma irritante, escaneando el pasillo con movimientos precisos de cabeza. No disparaba al azar; cada ráfaga buscaba cerrar una ruta.
Era un error confiar en la geometría de un lugar que Riddick conocía mejor que su propio pulso.
El cazador aguardó. La oscuridad total no era un obstáculo: era su dominio. Veía a Jack con una claridad que el ratón no podía sospechar, distinguía el latido bajo su uniforme, el modo en que su dedo rozaba el guardamonte. Jack, mientras tanto, tanteaba el terreno con la lógica fría de un agente entrenado, pero sus sensores térmicos encontraron un pasillo vacío y engañoso. Riddick ya no estaba donde el calor lo delataba.
Entonces el perro atacó.
Surgió de un montón de escombros a la espalda de Jack, y el soldado giró con una velocidad que desmentía su aspecto. El culatazo del fusil alcanzó al animal en el costado, y un gruñido ronco atravesó el aire. Fue solo un instante de distracción, pero para Riddick un instante era todo un mundo.
Se lanzó desde la columna.
El cuchillo curvo describió un arco bajo, buscando el costado del uniforme, la costura donde la tela cedía ante el metal. Jack reaccionó con una eficiencia brutal: plantó el fusil como escudo y desvió la hoja, luego lanzó un golpe directo con la culata. Riddick lo absorbió con el hombro y contraatacó con el codo, apuntando a la articulación del brazo que sostenía el arma. No era fuerza bruta. Era cálculo. Sabía que aquel uniforme, por reforzado que estuviera, se articulaba en puntos débiles, y que el soldado confiaba demasiado en su protección.
Jack soltó una ráfaga de palabras que Riddick no se molestó en escuchar, y retrocedió tres pasos, reordenando su guardia. Había sangre en su labio rosado. Pero no flaqueó. Alzó el fusil de nuevo, y esta vez no apuntó al pasillo.
Apuntó al perro.
—No —murmuró Riddick, y fue la primera palabra que pronunció en toda la refriega.
Se movió. No hacia Jack, sino hacia el suelo, donde una tubería corroída colgaba de la pared, y de un tirón arrancó un tramo de metal. El disparo de Jack silbó y golpeó el hormigón donde el perro había estado, porque el animal ya se había lanzado hacia las sombras siguiendo una orden que solo existía entre amo y bestia.
Riddick usó el tubo como proyectil. Lo lanzó girando contra las piernas de Jack, y el soldado, obligado a saltar, perdió el equilibrio por una fracción de segundo. Fue suficiente. Riddick ya estaba encima.
El combate se volvió primitivo. Cuchillo contra culata, codo contra mandíbula, dos cuerpos chocando en un pasillo sin testigos. Jack era fuerte, entrenado, y sus manos mutadas aferraban el fusil con una tenacidad inhumana. Pero Riddick no luchaba con el arma: luchaba con el espacio. Conducía a Jack hacia la esquina donde la claraboya lunar dibujaba un charco de luz, y allí, por un instante, el soldado quedó a contraluz, cegado por su propio terreno iluminado.
Riddick vio la apertura. La costura del hombro, la articulación donde el camuflaje cedía y el músculo quedaba expuesto.
El cuchillo curvo entró por debajo de la cinta 'USAH'.
Jack jadeó. El fusil resbaló de sus manos y golpeó el suelo con un eco seco. Sus dedos rosados buscaron la herida, buscaron comprender, y en sus ojos oscuros brilló no el miedo, sino una especie de decepción: la de un soldado que había fallado a su causa.
—No... robarán más... —logró decir, y sus rodillas tocaron el hormigón.
Riddick retiró la hoja con un movimiento limpio, sin ensañarse. No lo hacía por crueldad. Lo hacía porque era eficiente.
El perro emergió de las sombras, cojeando apenas, y se sentó junto a su amo. Sus ojos azules contemplaron el cuerpo inmóvil de Jack, y luego miraron a Riddick, como esperando la siguiente orden.
Riddick se agachó, recogió el fusil de asalto y lo examinó brevemente antes de dejarlo caer. No lo necesitaba. Se limpió el cuchillo en el manto blanco, ya manchado de óxido y ahora de algo más oscuro, y se irguió en la penumbra del pasillo.
La luna seguía colgando inmóvil tras la claraboya. El silencio regresó, espeso y antiguo, como si el lugar hubiera estado esperando aquel desenlace desde antes de que ambos llegaran.
—Vamos —dijo Riddick, y su voz fue apenas un susurro ronco.
El perro lo siguió. La oscuridad los reclamó.
El final registrado
Este encuentro terminó con Riddick aún en pie.
Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.¿Cambiarías este final?
Crea un héroe capaz de desafiar a Riddick.
Empieza con un dibujo o una imagen, crea tu héroe en PicWar y envíalo a una nueva historia.



