Una crónica de arena
C-17 VS El Moreno
El gimnasio de estructura de madera crujía con cada eco de la música de Metallica, pero El Moreno ya no la escuchaba. Llevaba diez minutos inmóvil frente al espejo, con los brazos…


Personajes del relato
El gimnasio de estructura de madera crujía con cada eco de la música de Metallica, pero El Moreno ya no la escuchaba. Llevaba diez minutos inmóvil frente al espejo, con los brazos cruzados sobre el pecho, la mandíbula apretada bajo la barba espesa y los ojos fijos en la puerta. No estaba calentando. Estaba esperando.
Cuando la puerta se abrió, no hubo saludo. C-17 entró con las manos en los bolsillos del pantalón azul roto, la camiseta negra con la 'R' roja apenas visible bajo el jersey blanco de manga larga, el pañuelo rojo al cuello atado con una calma casi insultante. Sus botas deportivas azules apenas hicieron ruido sobre el suelo de madera. Recorrió el lugar con una mirada neutra, registrando el banco de pesas, la barra olímpica, los discos apilados contra la pared, el espejo que devolvía dos siluetas opuestas: una hecha de carne trabajada durante años, la otra de precisión fabricada.
El Moreno descruzó los brazos. Sus dorsales se expandieron como una marea lenta. Dio un paso al frente y la madera del suelo gimió bajo su peso.
—Pensé que no vendrías —dijo, con una voz que retumbaba en el pecho como un amplificador al límite—. Los androides no tienen miedo, ¿verdad? Eso dicen.
C-17 retiró las manos de los bolsillos. Su tono fue metódico, sin inflexión emocional alguna.
—El miedo no es un parámetro relevante. Pero la distancia sí.
Antes de que El Moreno pudiera cerrar la brecha, C-17 levantó la palma derecha y liberó una ráfaga de energía compacta. El aire del gimnasio se calentó de golpe. El proyectil atravesó el espacio entre ambos y golpeó al coloso en el hombro izquierdo, obligándolo a girar medio paso. No lo derribó. Apenas lo desvió.
El Moreno sonrió. No era una sonrisa amable. Era la de alguien que acaba de confirmar que el combate va a doler, y que eso le parece bien.
—¿Eso es todo? —gruñó, y cargó.
El impacto fue brutal. Sus pies golpearon la madera con una cadencia de martillo hidráulico, y en menos de dos segundos ya estaba encima de C-17. El primer puñetazo fue un gancho descendente que buscaba la cabeza. C-17 lo esquivó por milímetros, sintiendo el desplazamiento de aire en el rostro inexpresivo. El segundo fue un uppercut que le habría arrancado la mandíbula a cualquier humano. C-17 lo bloqueó con el antebrazo, y aun así el impacto lo hizo retroceder tres pasos, las botas azules chirriando contra el suelo.
La fuerza de El Moreno no era un detalle estético. Era un hecho físico que reordenaba la geometría del combate.
C-17 lo entendió al instante. Su mente artificial recalculó: la distancia corta favorecía a su oponente; el desgaste físico era irrelevante para él; la única vía era controlar el espacio y obligar al coloso a moverse, a gastar, a exponerse.
Voló.
Sus pies se separaron del suelo con una levitación limpia, ascendiendo medio metro, luego uno. El Moreno lo siguió con la mirada, y por primera vez su expresión cambió: no era sorpresa, era irritación. Un enemigo que no se deja agarrar es un enemigo que no se puede aplastar.
—Bájate —gruñó, y arrancó un disco de veinte kilos del suelo con una sola mano.
Lo lanzó como un frisbee letal. C-17 lo esquivó con una inclinación lateral, y el disco se incrustó en la pared de madera detrás de él, partiendo una viga. El gimnasio entero tembló. Polvo cayó del techo. La lámpara del techo osciló.
C-17 respondió con una ráfaga doble. La primera impactó en el pecho de El Moreno; la segunda en el muslo. El coloso retrocedió un paso, pero no cayó. Sus músculos absorbieron la energía como si fuera agua. Bajo la camiseta roja, los tatuajes de los brazos se tensaron con cada contracción.
El Moreno agarró el banco de pesas con ambas manos y lo levantó por encima de la cabeza. Lo lanzó entero. C-17 activó una barrera defensiva: un plano de energía translúcida que se materializó frente a él. El banco se estrelló contra la barrera y se desintegró en astillas. La barrera aguantó, pero vibró.
El coloso ya estaba corriendo de nuevo. Había usado el banco como cobertura para acortar distancia. Esta vez no lanzó un puñetazo: se lanzó con todo el cuerpo, un placaje de doscientos kilos de músculo y hueso. C-17 intentó elevarse, pero El Moreno lo atrapó por el tobillo con una mano del tamaño de un yunque.
Lo estrelló contra el suelo. La madera se partió. La cabeza de C-17 rebotó, y por un instante su visión se llenó de estática.
—Te tengo —dijo El Moreno, y levantó el puño para rematarlo.
Pero C-17 ya había calculado. Desde el suelo, con el tobillo aún atrapado, liberó una ráfaga de energía directamente hacia el codo del brazo que lo sostenía. El impacto fue a quemarropa. El Moreno soltó la presa con un gruñido, y C-17 rodó hacia atrás, se puso de pie y volvió a elevarse.
El coloso miró su codo. La piel estaba enrojecida, no rota. Sonrió otra vez.
—Eres resistente —admitió—. Pero no eres fuerte.
—No necesito serlo —respondió C-17.
Y entonces cambió la táctica.
Dejó de atacar el torso. Empezó a atacar el entorno. Ráfagas cortas dirigidas a las vigas de madera del techo, a los soportes de las estanterías de discos, a la base de la pared que sostenía el espejo. No buscaba dañar a El Moreno. Buscaba cambiar el terreno.
La primera viga cedió. Una lluvia de astillas y polvo cayó sobre el coloso, obligándolo a cubrirse los ojos con el antebrazo. La segunda ráfaga derribó la estantería de discos, y veinte kilos de hierro rodaron por el suelo, directamente hacia sus pies. El Moreno tropezó. No cayó, pero perdió el equilibrio durante un segundo y medio.
Ese segundo y medio fue suficiente.
C-17 descendió en picado, con ambos puños cargados de energía. El impacto fue doble: uno en el esternón, otro en el abdomen. La fuerza sobrehumana de su naturaleza artificial, combinada con la energía liberada a quemarropa, atravesó la guardia muscular de El Moreno. El coloso se dobló. Por primera vez, se dobló.
C-17 no se detuvo. Lo agarró por el hombro con una mano y por el cinturón del short con la otra, y usando su propia fuerza sobrehumana, lo levantó. El Moreno pesaba más de cien kilos, pero C-17 ya había calculado la masa. Lo lanzó contra el espejo.
El espejo estalló. El Moreno atravesó la pared de madera y cayó al otro lado, entre escombros y fragmentos de cristal, con el aliento arrancado del pecho. Intentó incorporarse. Sus brazos temblaron. Sus piernas no respondieron.
C-17 aterrizó frente a él, al otro lado del agujero en la pared, con las manos de nuevo en los bolsillos. Su respiración no se había alterado. Su postura no mostraba fatiga. La reserva energética ilimitada de su cuerpo artificial no conocía el agotamiento.
El Moreno lo miró desde el suelo, con la barba cubierta de polvo y una línea de sangre en la ceja. Todavía intentó levantarse. C-17 levantó una palma.
—No lo hagas —dijo, con el mismo tono neutro del principio—. El combate ha terminado.
El coloso se dejó caer de espaldas. La música de Metallica seguía sonando en algún altavoz que había sobrevivido a la destrucción, y por un momento el único sonido en el gimnasio destrozado fue el de una guitarra distorsionada sobre madera rota.
C-17 se ajustó el pañuelo rojo al cuello y caminó hacia la puerta, sin mirar atrás.
El final registrado
Este encuentro terminó con C-17 aún en pie.
Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.¿Cambiarías este final?
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