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Una crónica de arena

Riddick VS Kitn

La primera señal no fue un sonido, sino una ausencia: el viento, que hasta entonces arrastraba polvo rojizo sobre la llanura, se detuvo de golpe como si alguien hubiera cerrado una…

5 min de lecturaPublicado
Riddick, a character in Riddick VS KitnKitn, a character in Riddick VS Kitn

Personajes del relato

RiddickVer la saga del personajeKitn
La historia

La primera señal no fue un sonido, sino una ausencia: el viento, que hasta entonces arrastraba polvo rojizo sobre la llanura, se detuvo de golpe como si alguien hubiera cerrado una puerta invisible. Riddick lo notó en la nuca antes de verla. Bajó la cabeza y el perro moteado que caminaba a su lado —orejas puntiagudas, ojos de un azul eléctrico— ya había girado el hocico hacia el oeste, emitiendo un gruñido grave que vibraba en su pecho.

Ella estaba allí, de pie entre la hierba alta, con el cabello rojo encendido como una llama quieta contra el cielo encapotado. Vestido blanco, encaje, cinturón negro. No llevaba arma. Riddick apretó el mango del cuchillo curvo y evaluó: sin arma visible, cuerpo relajado, mirada fija. Peligrosa de otra manera.

—No des más pasos —dijo Kitn. Su voz llegó clara y plana, con un deje casi musical, como si hablara desde dentro de un pozo.

—Eso depende de ti —respondió él. Pocas palabras. Siempre pocas.

El perro se adelantó un paso, y en ese instante la hierba a su alrededor se inclinó toda en la misma dirección, como peinada por una mano gigantesca. El aire crujió. Riddick sintió el tirón en las botas, un arrastre sutil que intentaba desequilibrarlo hacia la izquierda, hacia un terreno que no había inspeccionado. Comprendió de inmediato: ella no peleaba cuerpo a cuerpo. Peleaba con el suelo, con el viento, con la distancia.

Cortó el contacto. Rodó sobre el hombro derecho, ganó el pedregal seco que había estudiado minutos antes, y desde allí el terreno le daba piedra firme y sombra. El perro se desplegó en arco, flanqueando, siguiendo el instinto de caza que ambos compartían desde años de caminar juntos. Kitn giró la cabeza apenas, siguiendo al animal con aquellos ojos azules, y Riddick aprovechó ese instante para desaparecer tras una formación de rocas bajas.

—Rápido —murmuró ella, sin sorpresa, casi con aprobación.

Entonces comenzó la parte paciente.

Riddick no atacó. Se movió en silencio por el flanco de las rocas, contando las ráfagas de viento, que ahora llegaban en intervalos irregulares, cada una con un propósito. Kitn no lo perseguía; extendía las manos y el aire respondía, levantando cortinas de polvo que borraban los contornos, empujando piedras sueltas cuesta abajo en pequeñas avalanchas dirigidas. No buscaba matarlo de inmediato. Buscaba obligarlo a moverse, a delatarse, a cometer un error sobre terreno que ella controlaba.

El perro fue el primero en romper el ritmo. Salió de un salto desde el flanco opuesto, y Kitn desvió una mano hacia él, lanzando una ráfaga que lo hizo tambalear. Fue el error que Riddick esperaba. Mientras su atención se partía entre dos frentes, él ya estaba en movimiento, agazapado, cubriendo los últimos metros por la sombra de una grieta en el suelo.

Kitn lo sintió llegar. Giró, y por primera vez su expresión serena se tensó. Levantó ambas manos y el aire se comprimió frente a ella en una pared invisible que detuvo el primer envite. Riddick chocó contra aquello, sintió la presión en el pecho, pero no retrocedió: clavó el pie, giró el torso y pasó el cuchillo curvo en un arco corto y preciso hacia el punto donde la concentración de ella parecía más delgada.

El filo encontró resistencia, luego cedió. La pared de viento se desgarró con un silbido agudo y Kitn tropezó medio paso atrás. No fue un golpe mortal —Riddick no buscaba eso todavía—, pero la obligó a revelar su límite: cada técnica suya necesitaba concentración, y la concentración se rompía con presión sostenida.

Lo entendió ella también. Endureció la mirada y cambió de táctica. Ya no atacaba a distancia; ahora concentraba el viento en espirales cerradas alrededor de sus propios pies, ganando velocidad, deslizándose por el terreno como si la hierba la obedeciera. Se movía en círculos amplios, y cada vuelta estrechaba el cerco alrededor de Riddick y del perro, que ahora gruñía desde el centro, girando sobre sí mismo.

—Buena idea —dijo Riddick—. Hasta que te quedas sin suelo.

Lanzó una piedra plana hacia un lado. Kitn desvió la mirada un instante, y el perro cargó por el otro. Ella reaccionó con una ráfaga que levantó al animal del suelo medio metro, pero el perro ya había cumplido su función: obligarla a dividir la concentración una vez más. Riddick estaba dentro del círculo.

Cerró la distancia en tres zancadas. Kitn intentó el empujón de aire, pero él se agachó, lo dejó pasar sobre su cabeza, sintió el tirón en el manto blanco rasgado y siguió avanzando. Su cuchillo trazó un arco bajo, no hacia ella, sino hacia la hierba a sus pies, cortando el punto donde se anclaba su equilibrio. Kitn resbaló.

Fue todo lo que necesitaba.

En el instante en que ella cayó de rodillas, el viento a su alrededor se deshizo, disperso, sin dueño. Riddick plantó la bota sobre su muñeca, presionó el hombro contra su clavícula y puso el filo curvo contra la base de su garganta. No cortó. Esperó, respirando con calma, mientras el perro se aproximaba con los ojos azules brillando en la penumbra y se sentaba junto a ellos, vigilante.

Kitn alzó la vista. No había miedo en su rostro, solo una calma distinta, la de quien reconoce el final de una partida.

—Ganaste el terreno —dijo suavemente.

—Siempre gano el terreno —respondió Riddick—. Tú peleas muy bien. Pero peleas sola.

Retiró el cuchillo, la soltó y se puso de pie. El viento volvió a soplar, ahora sin dirección, sin intención. Kitn se levantó despacio, se sacudió el polvo del vestido blanco y lo miró un momento largo, como si guardara su rostro para otra ocasión.

—La próxima vez no te daré el flanco —dijo ella.

—La próxima vez no lo necesitaré —contestó él.

Ella se alejó hacia el oeste, y la hierba se cerró tras de sí. Riddick la observó irse, luego miró al perro, que ya había perdido el interés y olfateaba el suelo. Guardó el cuchillo y siguió su camino por el pedregal, sin mirar atrás. El sol caía bajo las nubes y el polvo volvía a levantarse, indiferente, sobre la llanura vacía.

El final registrado

Este encuentro terminó con Riddick aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

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