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Una crónica de arena

C-17 VS Hal Ashland-Ghent

El primer indicio de que aquello no era un simple duelo llegó con un sonido pequeño, casi doméstico: el tintineo de un caramelo de menta golpeando el suelo de mármol. Hal…

4 min de lecturaPublicado
C-17, a character in C-17 VS Hal Ashland-GhentHal Ashland-Ghent, a character in C-17 VS Hal Ashland-Ghent

Personajes del relato

C-17Ver la saga del personajeHal Ashland-Ghent
La historia

El primer indicio de que aquello no era un simple duelo llegó con un sonido pequeño, casi doméstico: el tintineo de un caramelo de menta golpeando el suelo de mármol. Hal Ashland-Ghent lo dejó caer sin mirar, la sonrisa ancha todavía dibujada en su rostro, las orejas puntiagudas ligeramente inclinadas hacia el eco. Frente a él, C-17 permanecía con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón azul roto, el pañuelo rojo inmóvil contra el cuello, los ojos oscuros recorriendo el palacio vacío como quien cataloga salidas antes que enemigos.

—Bonito sitio —dijo Hal, y su voz rebotó con una calidez que parecía fuera de lugar entre columnas de piedra pálida—. Un poco grande para dos, ¿no crees? Podríamos repartirnos las alas y llamarlo empate.

C-17 no respondió de inmediato. Era su manera de hablar: el silencio como respuesta táctica, la pausa como cálculo. Cuando finalmente lo hizo, su tono fue neutro, metódico, sin una sola emoción que Hal pudiera leer.

—El empate no está en mis parámetros.

—Qué frío. —Hal rió, pero sus dedos ya trazaban un semicírculo en el aire. Bajo sus pies, una franja de baldosas comenzó a brillar con un fulgor verdoso—. Entonces juguemos. Me encantan los juegos.

El duelo se abrió sin fanfarria. C-17 se elevó medio metro del suelo, sin impulso visible, y sus palmas escupieron una ráfaga de energía compacta no hacia Hal, sino hacia la columna que sostenía el arco izquierdo. Hal lo entendió un instante tarde: no era un ataque, era una demolición. La piedra se partió en diagonal, la viga cedió, y una lluvia de escombros obligó al hechicero a rodar sobre el mármol mientras el aire se llenaba de polvo.

—¡Ah! —Hal tosió, pero seguía sonriendo—. Directo al mobiliario. Me gusta tu estilo.

C-17 ya estaba en otra posición, flotando en un arco silencioso sobre el pasillo central, disparando de nuevo contra los soportes del lado derecho. El palacio entero crujía. Su táctica era transparente en su lógica y brutal en su ejecución: no perseguía a Hal, reconfiguraba el campo hasta que Hal no tuviera dónde pisar. Cada ráfaga era una pregunta, y la única respuesta posible era el movimiento.

Pero Hal no era un blanco pasivo. Mientras esquivaba, sus labios se movían. *Tide of Read Fortune.* Las baldosas verdes que había marcado antes latían, y de ellas extrajo algo intangible —la suerte misma de los caminos seguros—, absorbiéndola hacia sus manos abiertas. La probabilidad del suelo se reescribió. Donde antes había un corredor estable, ahora las losas se hundían o se alzaban en ángulos traicioneros, y el propio palacio empezó a combatir contra el androide.

C-17 lo notó en la primera pisada en falso: su levitación se corrigió sola, pero la viga que había dañado se desplomó medio segundo antes de lo previsto, y una esquina de piedra le rozó el hombro. El impacto no le arrancó ni un gesto. Su reserva energética no tenía fondo; su paciencia tampoco. Recalculó. Si Hal manipula el entorno, pensó, entonces yo manipulo el entorno que él manipula.

—Vas a agotarte —dijo Hal, retrocediendo con gracia entre dos columnas que se inclinaban—. Yo puedo hacer esto toda la noche. Tengo caramelos. Tengo tiempo.

—Yo no me agoto —respondió C-17, y por primera vez algo rozó su voz: no emoción, sino certeza.

Y entonces dejó de apuntar a las columnas.

Hal comprendió el cambio demasiado tarde. Durante todo el combate, C-17 había estado disparando contra la estructura para forzar el movimiento; ahora concentró todas sus ráfagas en un único punto: el centro exacto del techo abovedado, justo encima del círculo de baldosas verdes que Hal había cargado de suerte robada. La energía golpeó, golpeó, golpeó, sin fatiga, sin pausa, mientras Hal desviaba su fortuna hacia la defensa, reescribiendo probabilidades para que los escombros cayeran a un lado y no sobre él.

Pero la suerte es finita cuando se roba de baldosas. Y C-17 tenía una reserva ilimitada.

El techo cedió. No una grieta: un colapso completo, una cascada de piedra que Hal intentó redirigir con las manos extendidas, la sonrisa por fin borrada, los ojos azules con sus estrellas blancas muy abiertos. Su fortuna alcanzó para desviar los primeros bloques. No alcanzó para los siguientes. El polvo lo tragó, y el mármol bajo sus pies —el mismo que había vuelto contra el androide— se hundió con él en el hueco que el propio Hal había desestabilizado.

C-17 descendió despacio, los pies deportivos azules tocando el suelo firme que quedaba, las manos aún en los bolsillos. El silencio volvió al palacio, ahora medio en ruinas. Entre los escombros, una mano pálida asomaba, inmóvil, y un caramelo de menta rodó libre por el borde de una losa rota.

—El empate no estaba en mis parámetros —repitió C-17, sin crueldad, casi como una nota técnica—. Tampoco lo estaba perder.

No hubo gritos ni celebración. Solo el androide de pie en el centro del campo que él mismo había rediseñado, y un hechicero carismático enterrado bajo la suerte que había intentado robar. La partida había terminado, y la geometría final —como todo en C-17— había sido calculada desde el primer disparo, no contra las columnas, sino contra la única cosa que Hal no podía reponer: la estabilidad del suelo que necesitaba para seguir sonriendo.

El final registrado

Este encuentro terminó con C-17 aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

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