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Una crónica de arena

C-17 VS Kleber Gabriel

El zumbido compacto de una ráfaga de energía rompió el silencio del recinto antes de que hubiera nadie a quien golpear. C-17 ya estaba en movimiento. Sus botas deportivas azules…

6 min de lecturaPublicado
C-17, a character in C-17 VS Kleber GabrielKleber Gabriel, a character in C-17 VS Kleber Gabriel

Personajes del relato

C-17Ver la saga del personajeKleber Gabriel
La historia

El zumbido compacto de una ráfaga de energía rompió el silencio del recinto antes de que hubiera nadie a quien golpear. C-17 ya estaba en movimiento. Sus botas deportivas azules apenas tocaban el suelo de hormigón agrietado, y las manos seguían hundidas en los bolsillos de los pantalones anchos, rotos en la pierna izquierda, como si la violencia que acababa de liberar no le perteneciera. El pañuelo rojo al cuello flameaba con cada desplazamiento, y bajo la camiseta negra con la 'R' roja palpitaba algo más frío que la sangre: una reserva energética sin fondo que no conocía el cansancio.

El lugar era un patio de estructuras desnudas, vigas de acero y soportes de carga alzados contra un cielo sin matices. C-17 no sabía contra quién combatía. Solo sabía que el aire había cambiado de peso, que una presencia densa empezaba a ocupar la geometría del espacio igual que una sombra ocupa una habitación vacía.

Kleber Gabriel entró por el flanco norte sin apresurar el paso. El hombre del traje granate y camisa negra cruzó el umbral con la calma de quien firma un documento, la mirada oscura evaluando cada viga, cada distancia, cada posible salida antes de comprometerse con ninguna. Su presencia no era ruidosa. Era peor: era una presión que se instalaba en los huesos, una autoridad que no pedía permiso.

—No vas a desgastarme —dijo C-17, y su voz carecía de emoción, plana como una lectura de sensores—. No tienes el material para eso.

Kleber inclinó apenas la cabeza, una leve inflexión que podía ser reconocimiento o desdén. No respondió. Avanzó tres pasos, y con cada uno el aire pareció volverse más denso, más lento, como si la sola decisión del hombre bastara para imponer una regla sobre el terreno.

C-17 disparó primero. Una ráfaga compacta salió de su palma extendida y golpeó la base de un soporte lateral. El acero gimió; la estructura entera se inclinó unos centímetros, y el polvo cayó como una cortina gris. No era un ataque directo. Era una pregunta sobre el equilibrio del mundo, y el androide ya estaba leyendo la respuesta antes de verla: el peso del soporte cedido obligaría al intruso a elegir entre retroceder o exponerse.

Kleber no retrocedió. Dio un paso hacia la sombra que caía y la dejó pasar junto a su hombro con una precisión que no admitía improvisación. Su mirada encontró a C-17 entre la nube de polvo, y en ese intercambio de medio segundo la información cambió para ambos. C-17 comprendió que no enfrentaba a un brawler, sino a alguien que leía los espacios igual que él. Kleber comprendió que el androide no era un enemigo de fuerza bruta, sino de geometría.

C-17 se elevó. Levitó dos metros sobre el suelo, el cabello negro corto inmóvil pese al viento que él mismo había levantado, y desde arriba lanzó una segunda ráfaga contra una viga transversal. La viga no cayó. Se torció, y su extremo libre barrió el espacio a la altura del pecho de un hombre, no de un dios. Fue una trampa diseñada para el cuerpo humano, y C-17 la ejecutó con la frialdad de un cálculo ya resuelto.

Pero Kleber ya no estaba donde el cálculo lo había colocado. Se había desplazado hacia la sombra de un pilar, y desde allí su voz llegó baja, medida, cargada de algo más antiguo que la estrategia.

—Confundes movimiento con control.

Fue la única advertencia. Cuando C-17 quiso reposicionarse, el aire a su alrededor pareció cerrarse. No había barrera física, ninguna fuerza visible, pero el androide sintió cómo cada trayectoria posible se estrechaba, cómo la autoridad del hombre granate reclamaba el espacio como territorio propio. La presión no golpeaba. Ahogaba. Era la mano de alguien que no necesitaba tocar para someter.

C-17 respondió como respondía siempre: adaptándose. Sus ojos recorrieron el patio en busca de una estructura nueva que alterar, una columna que desplomar, un ángulo que romper. Disparó contra dos soportes simultáneos, y el estruendo llenó el recinto mientras el acero comenzaba a ceder en cadena. El suelo tembló. Una cortina de chispas y escombros se alzó entre ambos, y por un instante la silueta de Kleber desapareció tras ella.

Ese instante fue la primera mentira que el androide se contó.

Creyó que la cortina lo protegía. Creyó que la destrucción del entorno lo favorecía, porque el entorno era su lenguaje. Pero Kleber Gabriel no combatía con el entorno. Combatía con la certeza. Y la certeza no se derrumba cuando caen las vigas.

Cuando el polvo se abrió, el hombre de granate avanzaba ya por el pasillo central, imperturbable, la camisa negra cubierta de una fina capa de ceniza que no se molestó en sacudir. Su mirada no era rabia. Era sentencia.

—Terminaste el terreno —dijo—. Ahora no tienes dónde esconder tu siguiente error.

C-17 descendió, aterrizando con las rodillas flexionadas y una mano por fin fuera del bolsillo. Intentó una barrera defensiva, un plano de energía que se desplegó frente a él como un escudo translúcido. Kleber no lo rodeó, no lo golpeó, no lo atravesó con fuerza. Se detuvo a un paso de distancia y simplemente esperó.

Y la barrera, sostenida por la voluntad del androide, empezó a fallar. No por un ataque. Por la certeza de que no servía. El escudo parpadeó, se adelgazó, y C-17 sintió por primera vez algo que su lógica no había previsto: la duda de si su adaptabilidad infinita bastaba contra un hombre que no jugaba a adaptarse, sino a imponer.

Kleber alzó una mano. No hubo proyectil, ni rayo, ni impacto. Solo una orden silenciosa, y el peso del aire cayó sobre C-17 como una losa. El androide resistió, porque resistir era su naturaleza, pero cada segundo de resistencia consumía una energía que su enemigo no gastaba. La presión no buscaba destruirlo. Buscaba que se rindiera a la evidencia.

—Eres rápido —dijo Kleber, sin crueldad, casi con respeto—. Pero la velocidad no decide nada cuando el otro ya decidió por ti.

C-17 intentó un último movimiento: una ráfaga ascendente contra el pilar maestro, el golpe que derrumbaría el techo entero sobre ambos. Si iba a caer, caería con el escenario completo. Pero su brazo no llegó a completar el gesto. La presión de Kleber se cerró sobre él como una mano sobre una llama, y la ráfaga se deshizo en una lluvia de chispas que se apagaron antes de tocar el acero.

El androide quedó de rodillas, la camiseta negra manchada de polvo, el pañuelo rojo caído sobre el hombro. No había sido derrotado por fuerza. Había sido derrotado por algo más difícil de combatir: la convicción de otro hombre, más antigua y más firme que cualquier cálculo.

Kleber Gabriel lo observó desde arriba, ajustó el borde de su chaqueta granate y no dijo nada más. No hacía falta. La victoria ya estaba escrita en la postura de quien seguía de pie sin haber corrido, sin haber gritado, sin haberse ocultado jamás.

El patio quedó en silencio, bajo un cielo blanco que no juzgaba a ninguno de los dos. Solo el viento siguió moviéndose entre las vigas caídas, como si buscara a alguien que ya no estaba en condiciones de levantarse.

El final registrado

Este encuentro terminó con Kleber Gabriel aún en pie.

Esta historia ficticia fue generada por PicWar AI a partir de personajes de jugadores y una batalla pública con fines de entretenimiento.

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