Una crónica de arena
Riddick VS Knight Don Quxote
La llanura de ceniza gris se extendía bajo un cielo sin luna, y Riddick ya estaba allí mucho antes de que el galope resonara en la distancia. Había llegado siguiendo el rastro de…


Personajes del relato
La llanura de ceniza gris se extendía bajo un cielo sin luna, y Riddick ya estaba allí mucho antes de que el galope resonara en la distancia. Había llegado siguiendo el rastro de un objeto que ambos buscaban: un fragmento del Códice, enterrado bajo una piedra ritual en el límite de aquel páramo. No sabía que un caballero lo perseguía; lo supo cuando el suelo empezó a vibrar y el aire frío arrastró el olor a hierro, cuero y caballo sudoroso.
Se agachó. El perro, moteado de marrón y negro, con las orejas rígidas y los ojos encendidos en un azul intenso, gimió apenas, una advertencia baja. Riddick pasó los dedos por el lomo del animal.
—Tranquilo —murmuró—. Uno solo.
El jinete apareció en la cresta: armadura plateada que devolvía una luz que no existía, plumas en el casco, capa beige agitada por la carrera. Levantó el largo estoque y su voz rodó por la llanura con una solemnidad de bronce.
—¡Detente, saqueador! Ese fragmento pertenece al Reino. Lo reclamo por juramento y por derecho. Apartaos, o responderéis ante la justicia del Códice.
Riddick no se movió. Solo giró el cuchillo curvo en la mano y contó los latidos hasta la carga. Los caballeros siempre anuncian. Eso los hace predecibles.
—Puedes intentarlo —dijo, seco.
El caballero espoleó al caballo y la distancia empezó a cerrarse: primero un trote, luego un galope pleno, la lanza baja y firme, apuntando al centro del pecho. Riddick rodó a un lado en el último instante, sintiendo el aire desplazado cortarle la mejilla, y el impacto de la lanza pasó silbando junto a él. La piedra ritual saltó hecha añicos bajo la trayectoria del caballero.
Ese fue el primer error de Don Quxote: embestir sin ver qué había al otro lado. Al cruzar, Riddick ya se había movido hacia una grieta del terreno, un canal seco que corría entre dos formaciones de roca y llevaba a un desfiladero estrecho. Tiró del perro y retrocedió, dejando que el caballo perdiera velocidad al tener que girar.
—¡No huiréis de la verdad! —tronó la voz del caballero, y las plumas del casco temblaron mientras reorientaba la montura.
Riddick sonrió sin alegría. La verdad era el terreno. La llanura era del jinete; el desfiladero no.
El perro se deslizó primero entre las rocas, silencioso, y Riddick lo siguió, pegando la espalda a la pared de piedra. La oscuridad aquí era casi absoluta, y para él no era obstáculo. Veía las grietas, las raíces, el polvo que caía de cada saliente. Veía, sobre todo, la silueta del caballero recortada contra la claridad gris de la entrada: un blanco perfecto.
Don Quxote desmontó. La prudencia de un veterano. Avanzó a pie con la lanza en alto, la armadura pesando en cada paso, la respiración resonando dentro del yelmo como el eco de una cripta.
—No hay honor en las sombras —dijo—. Salid y enfrentaos como un hombre.
Riddick no respondió. Las palabras eran ruido. Se deslizó por un saliente lateral y lanzó una piedra con la mano libre. El impacto sonó a diez pasos a la izquierda del caballero. La lanza giró hacia allí.
El perro atacó desde el otro flanco. No mordió la carne: clavó los dientes en la correa que sujetaba la capa y tiró. Don Quxote perdió el equilibrio un instante, solo un instante, pero la lanza se enredó con el borde de la capa beige.
Ese fue el segundo error: confiar en que la armadura lo protegía de todo.
Riddick emergió de la grieta a su espalda, bajo, rápido, con el cuchillo curvo invertido. No apuntó a las placas. Buscó la junta, el hueco bajo el brazo, la correa del hombrillo donde el metal cede. La hoja entró limpia y el caballero soltó un grito ahogado; la lanza cayó con estrépito sobre la piedra.
Pero Don Quxote no era un hombre que se rindiera. Aun herido, giró con una fuerza bruta que arrancó a Riddick de su posición y lo lanzó contra la pared. El golpe le vació el aire de los pulmones. El caballero levantó el puño enguantado y lo descargó sobre su cabeza; Riddick rodó, sintió el metal rozarle el cráneo, y la sangre caliente le bajó por la sien.
Entonces el caballero hizo lo que Riddick había temido: apeló al Códice.
—¡No caeré ante un asesino! —rugió, y alzó la mano libre. La lanza, caída en la penumbra, tembló y se irguió de nuevo, flotando en un halo pálido. La luz de sus ideales se hizo materia: el estoque atravesó la ilusión de la oscuridad misma, buscando el pecho de Riddick con una certeza que no dependía de los ojos.
Era una embestida de convicción pura, y por un momento la grieta se llenó de un resplandor lechoso que quemaba.
Riddick entendió. El Códice no veía sombras; veía culpa. Y él no tenía ninguna.
Se dejó caer de espaldas, no para esquivar, sino para cambiar el ángulo. La lanza luminosa pasó sobre él y se hundió en la roca detrás, atrapada un instante en la piedra que había partido. Ese instante bastó.
El perro saltó sobre la mano alzada del caballero y la sujetó; los dientes apretaron la muñeca enguantada. Don Quxote forcejeó, pero la armadura le robaba la agilidad, y el perro pesaba como un ancla viva.
Riddick se incorporó con un solo movimiento fluido, recogió su cuchillo del suelo y cerró la distancia. No fue un golpe de furia. Fue un cálculo: la junta del cuello, justo donde el yelmo se une al peto, donde el acero es fino y la piel está expuesta.
—Buen caballo —dijo Riddick, casi en un susurro—. Buen hombre. Mal terreno.
El cuchillo entró. Don Quxote se quedó quieto, y el resplandor del Códice se apagó como una vela en un pasillo vacío. La armadura plateada cayó de rodillas primero, luego de lado, con un estruendo que retumbó en el desfiladero y no encontró respuesta.
Riddick se limpió la sangre de la sien con el dorso de la mano. El perro soltó la muñeca inerte y volvió a su lado, jadeando suavemente, los ojos azules aún encendidos en la negrura.
Recogió el fragmento del Códice de entre los restos de la piedra ritual y lo sopesó. Liviano. Frío. No significaba nada para él, pero significaba todo para el mundo que acababa de matar. Eso era suficiente.
Se alejó por el desfiladero hacia la llanura abierta, y ni una sola vez volvió la vista atrás. El caballo relinchó en la distancia, perdido, y luego también calló, y la ceniza gris cubrió las huellas de ambos.
El final registrado
Este encuentro terminó con Riddick aún en pie.
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